En busca del sujeto

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No hay política sin sujeto que interpelar. El origen y la pervivencia de los proyectos políticos -la política en tanto organización, transformación y gobierno de lo social- están insoslayablemente emparentados al anclaje en una o más entidades sociológicas. Desde la proclama “trabajadores del mundo, uníos” del Manifiesto Comunista hasta los “cabecita negra”, “trabajadores” y “descamisados” del peronismo germinal, pasando por la “clase media” y “white collars” de las aventuras socialdemócratas y desarrollistas, el “campesinado” del maoísmo o los “notables” y “self man-made” del conservadurismo; todos aluden a un sujeto. Lo convocan al tiempo que lo recrean.

Al menos desde los abordajes del historiador Edward P. Thompson y el sociólogo Pierre Bourdieu, sabemos que esos sujetos no vienen de una fábrica. Se construyen en el juego dialéctico de la experiencia histórica, en una alquimia de condiciones materiales, representaciones simbólicas, relaciones de fuerza, imaginarios, valores, recursos, etc. Nada está dado de por sí. Menos aún en este caso.

Crear uno, dos, tres sujetos

Si algo define a lo que algunos llaman post-modernidad es la “explosión” y “multiplicación” de grupos e identidades. Fue el eje de los argumentos que sustentaron nuevas lecturas de historias y presentes. Siempre quedará un rastro de duda con respecto a si esto fue efectivamente así o solo cambiamos -y mejoramos- los lentes a través de los cuales descifrábamos la realidad. A modo de opinión personal, opto más por lo segundo pero tratarlo excede los propósitos de estas líneas.

El caso es que de un tiempo a esta parte la clase trabajadora se transformó en una miríada de átomos complejos y fragmentarios, inasible en términos de las teorías clásicas de la estructura, los procesos y la agencia social. Lo mismo puede decirse de la patronal –sobre todo en virtud de las estrategias y estructuras asociadas a la valorización financiera del capital, por ejemplo-. Simultáneamente emergieron como yuyo, desde las baldosas del magma social, un sinnúmero de “nuevas” formas de agrupación, identidad y movilización con clivajes en variables sexuales, étnicas, profesionales, artísticas, etc. Mucho se ha escrito sobre la construcción política en estas condiciones. Una revisión rápida de las producciones más divulgadas desde fines de la década de 1990, cuando las consecuencias de eso denominado “sociedad post-industrial” mostraba sus consecuencias más significativas, no puede dejar fuera a Alain Touraine, Ernesto Laclau & Chantal Mouffe, Richard Sennett y Zygmunt Bauman.

La clase obrera va al paraíso

Las transformaciones contemporáneas más significativas en las sociedades capitalistas pueden observarse al menos en clave a dos cuestiones.

Por un lado, a partir del resquebrajamiento, reformulación y laxitud de los lazos entre individuos y grupos en las diferentes dimensiones de la vida social –parental, político, económico, etc.-. El ejemplo más reiterado al respecto alude al mundo del trabajo. Los vínculos que habían definido la formación de una clase obrera en el marco del Estado de Bienestar y la sociedad industrial en gran parte del siglo XX, dieron lugar -más o menos paulatinamente- a otros flexibles, intermitentes y volubles de las economías neoliberales finiseculares. El changarín y el cuentapropista son ejemplos de estos cambios en el ámbito rural y urbano.

Por otro lado, a partir de la generación y multiplicación de formas de identidad novedosas, atentas a nuevas condiciones de vida y por consiguiente de tensiones, conflictos y demandas. La proliferación de organizaciones en clave étnica en favor de derechos culturales, políticos y territoriales –las comunidades indígenas- así como los movimientos e instituciones en favor de derechos sexuales y de género, son dos de los tantos ejemplos de las últimas décadas.

Ambas cuestiones nos llevan a observar un elemento clave a los propósitos de estas líneas: las relaciones sociales y la constitución del sujeto. Ambas, además, dan cuenta de un hecho: todas estas transformaciones fueron de la mano de la reformulación y ampliación del tejido social –no de su desarticulación e individuación, como sostenían los exegetas o detractores del neoliberalismo- y ha sido testigo del surgimiento de novedosas organizaciones que, en ocasiones, han desplazado a las más clásicas de acción social.

Movimientos sociales al rescate

Pobreza, precariedad y desigualdad son rasgos estructurales del modelo de producción, distribución y acumulación que toma forma y se reproduce a golpe de crisis desde la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Hubo coyunturas más y menos adversas, es claro, pero lo esencial sigue vigente y en efecto, no ha hecho más que profundizarse. Siempre es más fácil y rápido caer, que levantarse. En efecto, el déficit más pesado de sobrellevar para los dedicados a la función pública de la política es la incapacidad de generar un modelo de país que garantizase estándares de calidad de vida meridianamente aceptables para la mayoría de la población.

La política ha sido vencida, fagocitada o la más de las veces instrumentada para otros fines, diferentes a los colectivos.

Tierra, trabajo y vivienda han sido tres reclamos a partir de los cuales se construyó desde la década de 1990 una trama asociativa crecientemente amplia, organizada y vigorosa en términos de relaciones de fuerza. Los movimientos de trabajadores desocupados, el cooperativismo de las fábricas recuperadas o los reclamos indígenas por tierra fueron algunas de las expresiones políticas de los costos sociales de una economía que se reproducía excluyendo números cada vez más significativos de ciudadanos. A su vez, fueron experiencias de las cuales existían escasos antecedentes y generaron ad hoc sus propias instancias, instrumentos y símbolos.

Estas experiencias emergieron y persisten en virtud de los rasgos estructurales del modelo argentino.

Constituyen espacios de integración a través de la construcción de formas organizativas y lazos sociales que recomponen el trabajo y la participación. Una lógica de funcionamiento no sólo orientada a fines económicos propios del mercado sino también con relación a valores: conciencia social y solidaria de las actividades, formas compartidas y rotativas de organización de los procesos, horizontalidad en la toma de decisiones, etc.

Ha llovido mucho desde entonces. Actualmente muy probablemente la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) es la expresión más difundida y fuerte de las organizaciones y experiencias relativas a la creación de vínculos asociados a la vivienda y el trabajo. La trinchera más importante de la guerra por el espacio de la que habló Zygmunt Bauman: la resistencia a la deslocalización, exclusión y vulneración de la subsistencia mediante la generación de lazos sociales, simbólicos e identitarios asociados al trabajo y la solidaridad.

La empresa tiene la libertad para trasladarse; las consecuencias no pueden sino permanecer en el lugar. Quien tenga libertad para escapar de la localidad, la tiene para huir de las consecuencias. Éste es el botín más importante de la victoriosa guerra por el espacio

La estructura social argentina en números

Los datos del instituto estatal de estadísticas de Argentina confirman algunas de las abstracciones esbozadas más arriba. Actualmente, uno de cada tres ciudadanos es pobre: el 28,6% es pobre y 6,2% indigente. Esto es más de diez millones de personas de los aglomerados relevados y suponemos al menos extrapolable a más de trece millones de habitantes: el equivalente al total de la población de las provincias de Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Tucumán y Salta.

Sólo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hay 400.000 pobres y en el conurbano de la provincia unos cuatro millones. Toda una geografía de la exclusión.

A este cuadro hay que añadirle algunos rasgos. En 2017, el 9% de la población no tiene trabajo (y lo busca “activamente” -criterio equívoco de definición conceptual-) y el 11% está sub-ocupado (aquellos que trabajan menos de 35 horas semanales pero “quieren” trabajar más); con índices de desempleo superior al 10% en el conurbano bonaerense y las periferias de Rosario, La Plata y Mar del Plata. Es decir, dos de cada diez personas están desempleados o trabajan menos de lo que necesitan. Siempre reduciendo el universo a los que aún buscan trabajo activamente. La tasa de empleo, en contrapartida, es apenas superior al 40%. Estas son las personas que han trabajado al menos una hora a la semana. A su vez y huelga la obviedad, un volumen más que significativo de trabajadores lo hace en negro (uno de cada tres), conllevando precariedad contractual, desprotección jurídica e inexistencia de aporte previsional.

A la hora de observar los salarios, a la precariedad laboral se une desigualdad en el ingreso y generalización de pobreza entre los trabajadores: ocho de cada diez cobran menos de 10.500$ al mes (unos 550 USD) y la mitad de la masa total de asalariados gana menos de 5.600$ (100 USD).

Es decir, el 80% de los trabajadores en Argentina gana como mucho, algo menos de 17 dólares al día.

Por último, es preciso recordar las formas y condiciones de vida predominantes en estas amplias mayorías sociales, donde son crónicos los problemas en torno al acceso a una vivienda digna y a los servicios más básicos de la vida (salud, educación, agua potable, electricidad, tratamiento de residuos, seguridad, etc…).

El huevo y la gallina

¿Es tan inasible desde el punto de vista interpelativo el individuo contemporáneo? ¿Es un déficit de los proyectos políticos y/o del margen de actuación de la esfera pública en la resolución de las demandas sociales? Probablemente ambas preguntas tienen respuesta positiva. Han tenido lugar múltiples transformaciones económicas, políticas y culturales en la sociedad argentina. Sólo en las últimas décadas -en nuestro pasado más reciente- han surgido nuevos grupos sociales, modos de identidad así como valores y prácticas sociales. Otros, en cambio, se han diluido sin prisa aunque sin pausa.

Nos preguntábamos también hace unos días ¿a quién le hablan las fuerzas políticas? Y más precisamente ¿en qué clivajes y coordenadas anclar la elaboración de nuevas propuestas a partir de las cuales generar consensos? ¿Qué agenda política, social y económica convoca a la multiplicidad de expresiones que consideran que hay que modificar el rumbo del país? En esta bruma de interrogantes lo único claro por el momento es que sin una lectura de las transformaciones sociales de largo plazo, no tendremos el tipo de respuestas que buscamos. El surgimiento, la persistencia y ampliación de los movimientos sociales ofrecen, una vez más, indicios clave al respecto. Lo dijo hace tiempo el ilustre positivista, Emile Durkheim:

Es la ciencia y no la religión, que ha enseñado a los hombres que las cosas son complejas y difíciles de entender

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