La campaña electoral y el discurso de la nada

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Los comicios legislativos de 2017 en Argentina renovarán una parte importante de las cámaras de representantes nacionales, provinciales y municipales pero han dejado pocas propuestas. Los problemas estructurales del país son, una vez más, los grandes ausentes.

Venceréis, pero no convenceréis” dijo el profesor Miguel de Unamuno en la Universidad de la Salamanca, al general franquista José Millán-Astray en octubre de 1936, cuando vociferó “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!

Poco antes una facción del ejército español se había sublevado contra el gobierno republicano y Unamuno deslizaba sus primeras críticas sobre la guerra civil. Nada tiene que ver aquel contexto con nuestro presente. Sin embargo y por otras razones, la frase goza de plena vigencia.

Los comicios electorales de 2017 en Argentina dejarán nuevos -y muchas veces no tan nuevos- representantes pero pocas ideas. La fragmentación política patente en la dispersión del voto, no ha ido de la mano de una multiplicación de enfoques y propuestas. Al contrario. De modo similar a las elecciones presidenciales de 2015, las coordenadas en las que se anclan las manifestaciones de las diferentes fuerzas políticas son eminentemente temporales, abstractas y contrastivas. Por un lado, alternan referencias al pasado y el presente. Por otro, hacen más hincapié en las deficiencias del adversario que en las virtudes propias. Si a esto le sumamos que la mayor parte de fuerzas políticas decidieron que sus candidatos no fueran elegidos mediante el voto, tenemos un cuadro bastante completo del pobre panorama político argentino.

Internas sin internas

La sociedad argentina ha procesado con inusual naturalidad un hecho no menor del sistema político: la mayoría de las fuerzas –de izquierda a derecha del arco político- han optado por esquivar las urnas a la hora de elegir a sus candidatos, en el distrito más grande y de mayor peso del país: la provincia de Buenos Aires. Es decir, seleccionaron a sus candidatos a espaldas de la sociedad e incluso de la de sus afiliados y militantes. Una de esas paradojas que quizás por cansancio y/o costumbre, cada vez exasperan menos a la ciudadanía: los mismos sectores políticos que crearon un mecanismo de selección de candidatos –las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO)- no sólo no lo usan, sino que intentan manipularlo espuriamente para debilitar a sus adversarios. No es este el lugar para ahondar en este episodio, uno más, del largo inventario de infortunios de la política criolla. Sí, en cambio, de vincularlo al tipo de campaña electoral a la que dio lugar.

Eludir las PASO generó una ilusión de alto grado de eficacia simbólica: que los candidatos de las distintas fuerzas políticas contaban con un apoyo y un respaldo general y fuerte de los sectores que pretenden representar. Como dijo Edmund Morgan una ilusión legítima e insoslayable de la política y el juego democrático pero que, en este caso, estuvo más cerca del absurdo. En efecto, ya se escucharon las primeras voces para abolir las PASO y probablemente fue el final de su breve y deslucida existencia. La propia clase política obstinada en conservar cuotas de poder en un contexto de creciente fragmentación y pocas luces, ha sido la responsable.

¿Qué debate podíamos esperar en este contexto? Poco y nada. Más bien una multitud de afirmaciones de dudosa valía empírica y lemas de exclusivo tinte electoral y mercadotécnico, de raíz binaria y maniquea, que cada vez más lejos de los problemas de la sociedad contribuyeron a generar un tímido remolino de significantes vacíos que olvidaremos más pronto que tarde.

Es claro que una identidad política se construye en relación a otros. Lo que no es tan claro, parece, es en virtud de qué elementos uno se diferencia de esos otros. Eso es lo que otorga sustancia y contenido a una identidad.

La crítica situación económica y social de la Argentina hace aún más absurda esta ausencia de discusión de ideas y propuestas. El marketing, una vez más, fagocitó a la política.

Convencer

Convencer es persuadir; conseguir mediante razones y argumentos que alguien actúe o piense de un modo determinado. El sociólogo más importante del siglo XX, Max Weber, apoyó en este principio gran parte de su teoría sobre la acción social. Para su contemporáneo italiano, Antonio Gramsci, fue un hecho ineludible de la producción de hegemonía. En palabras de Juan Perón, algunas décadas después, fue la máxima expresión de la política. No es gratuito este apretado y ecléctico bricolaje. Nos habla de la persistente necesidad de generar y obtener consenso para encausar transformaciones estructurales en las democracias.

Trabajo, salud, educación, vivienda y medio ambiente. Poco y nada se ha dicho sobre estos cinco aspectos cruciales. No sólo los debates electorales se han dado a cuentagotas. Ni siquiera las campañas orquestadas por las diferentes fuerzas políticas han atendido suficientemente a ellos. En ocasiones, ni siquiera los han mencionado. Es preocupante que en un país donde 1 de cada 3 ciudadanos es pobre, donde la salud y la educación pública es crecientemente restrictiva y desfinanciada, donde la vivienda propia es un lujo y donde mayormente es la derecha la que habla del medio ambiente -curiosa paradoja argentina-, nada se proponga ni discuta al respecto. Ni siquiera en forma de spot publicitario. En efecto, el heterogéneo y vasto universo de movimientos sociales ha insistido en poner en la calle estas demandas, a las puertas del Congreso y la Casa Rosada.

Las coordenadas discursivas con anclaje en “cambiar” y/o “volver” obturaron no sólo argumentos y discusiones sino también -y aún quizás más preocupante- toda propuesta. Ni hablar del descrédito del adversario, tan en boga.

La construcción de una fuerza política alternativa requiere convencer y persuadir y para eso hay que posicionarse y proponer. Parece verdad de Perogrullo, pero el día a día nos muestra que no lo es. Poco puede hacerse si no se tiene una agenda social, política y económica clara desde la cual procurar consensos. En efecto, esa es la razón de ser de la actividad legislativa y debería serlo de la campaña electoral destinada a llegar al Congreso. Como también dijo Unamuno, hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento.

 

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