La política segmental: antropologías del peronismo

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Tesis 1. Los segmentos son unidades socio-políticas de similar origen, estructura y contenido, relacionadas entre sí por lazos subyacentes, profundos, viscerales incluso, que se unen y se separan episódicamente en virtud de intereses coyunturales, cambios en las relaciones de fuerza y los márgenes de actuación, la puesta en práctica de estrategias, la emergencia de horizontes de expectativas, etc.

Tesis 2. Ninguna de esas unidades tiene la capacidad de imponerse a las otras ni de trascenderlas. Impera, en algún modo, un equilibrio simétrico de poder. En cambio, se requiere la persuasión y el consenso más que la fuerza. De hecho, no hay lugar para la imposición unilateral de casi nada. El poder -si se lo puede llamar así- se distribuye entre los diferentes segmentos.

Tesis 3. En virtud de las características de estas unidades y de sus mutuas relaciones y lazos (tesis 1), ellas conforman un universo mayor, una totalidad, constituida por aspectos en común: historias, identidades, valores, etc.

Estas tesis aluden a la lógica política segmental. Carecen de toda originalidad; resultan de la interpretación de los enfoques más clásicos de la antropología política. Sí, en cambio, es sugerente cómo este concepto nacido para explicar algo muy diferente -la autoridad y la política en sociedades pre-industriales y relativamente igualitarias en términos de distribución de poder- es idóneo también para pensar la política argentina actual y más específicamente, los dilemas del peronismo. Que nos disculpe, ahí donde esté, la Dra. Martha Bechis.

La unidad básica

No hablaremos aquí de la Unidad Básica en mayúscula -en tanto emplazamiento de organización y participación política- sino de la unidad básica en minúscula -en tanto metáfora y a la vez indicio del tipo de construcción política segmental-. En efecto, no es gratuita la denominación que el peronismo le dio a la pieza más basal de su organización partidaria. La Unidad Básica es desde hace más de 70 años el nombre de la instancia más capilar: creada a veces desde “arriba”, las más de las veces desde “abajo”, condensa la impronta territorial y los vínculos más próximos e inmediatos entre dirigencia y ciudadanía. Ahí es donde, “cara a cara”, se crearon, reformularon y reprodujeron lealtades interpersonales y partidarias a lo largo de décadas. Un espacio donde se canaliza la participación política, se atiende a demandas del más variado tipo y se pone en movimiento la maquinaria electoral más exitosa de mediados del siglo XX en adelante -al menos hasta ahora-.

Como se adelantó, no es el propósito de estas líneas hablar de estos emplazamientos ni de los cambios, reformulaciones y persistencias que protagonizó en las últimas décadas. Sí, en cambio, visualizar a través de ellas, en tanto metáfora, dos cuestiones: por un lado, la incidencia de unidades de participación, movilización y representación de estas características en la estructura material y simbólica más amplia de una fuerza política; por otro lado, los vasos comunicantes, las tensiones y las convergencias entre la parte y el todo.

La segmentalidad

El juego de alianzas, acuerdos y componendas políticas que configuraron la oferta electoral peronista y su actitud ejecutiva y legislativa ante las reformas que viene impulsando hace más de dos años el gobierno nacional -de signo político claramente opuesto al peronismo-, son prueba clara de segmentalidad. Cuando no hay centro, no hay eje. Cuando no hay eje, no hay lógica centrípeta ni acumulación. Tampoco hay una red que articule cada uno de sus nodos -una solución, en todo caso, a la falta de un centro-.

Ambas carencias hacen a lo que en el vocabulario militante se llama falta de “conducción” y lo que desde afuera suele observarse como “fragmentación”. Sólo queda la segmentalidad.

Quien ha explotado con especial habilidad estas características de la política opositora, ha sido precisamente la fuerza a cargo del gobierno del Estado nacional: Cambiemos. En efecto, todo proyecto exitoso en términos electorales supo hacerlo en los últimos cuarenta años de democracia: el “frentismo” menemista y la “transversalidad” kirchnerista. Construyeron cuotas variables de hegemonía, entre otras cosas en virtud de morigerar y/o refuncionalizar la segmentalidad.

Ahora lo hace Cambiemos. Esto lo consigue, por un lado, incorporando formalmente diferentes expresiones del peronismo: inicialmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de ahí, quizás, su éxito en zonas tradicionalmente refractarias a una oferta electoral conservadora y neoliberal; después en distritos clave como las provincias de Buenos Aires -incluso con vertientes sindicales afines-, Santa Fe y Córdoba (algo similar hizo con el radicalismo, aunque esto excede los alcances de las presentes líneas). Por otro lado, lo consigue construyendo acuerdos de coyuntura con fracciones del peronismo: el más reciente fue el que habilitó el “pacto fiscal” y la reforma del sistema previsional y de seguridad social, en un clima social claramente adverso.

De hecho, como se ha dicho en otros lugares de esta misma revista, ante cada acontecimiento de la agitada política local, impera la desorganización, el desbande y sobre todo la improvisación. Volviendo al corpus intelectual militante referido más arriba: la falta de “conducción”. De ahí, quizás, que las diversas “facciones” de la oposición no articulen una posición más allá de la coyuntura -incluso las que a priori pertenecen a un mismo espacio político-. No existen las condiciones materiales ni simbólicas para que esto sea diferente; al menos por el momento.

Poder político

Si existen segmentos es porque hay un universo social en el que se inscriben y adquieren sentido. Después de todo, los segmentos no sólo se separan; también se unen y lo hacen por las relaciones, lazos y vínculos que comparten. Es quizás una obviedad añadir que cuando lo hacen, construyen una capacidad política mayor de la que tendrían separados y esto suele ir de la mano de la emergencia de un liderazgo claro y sólido. Del mismo modo, en cuanto los segmentos se separan -el número de razones es cada vez más alto- el liderazgo se desarma como un castillo de naipes.

Ambos movimientos de fusión y fisión definen los ciclos de la fuerza política y explican la profusión y sucesión de “ismos”. Tanto como se construyen, caen. Para el peronismo de las últimas décadas cabe mencionar a las experiencias políticas lideradas por Antonio Cafiero, Carlos Saúl Menem, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, por ejemplo. Más allá de las notables diferencias en la impronta práctica e ideológica de dichas experiencias, todas son momentos de articulación social y política de un universo mayor, con numerosas líneas de continuidad aunque también con confines difusos. Se ha procurado tensionar en diferentes direcciones ese universo mayor, incluso reformularlo, otorgarle otro sentido, pero aún nadie ha tenido éxito. La relativa autonomía y la densidad histórica de las unidades más capilares de la estructura (las unidades básicas en minúscula), resisten. Como señaló la antropología política más clásica, impera la necesidad de persuadir y consensuar. Lo otro es el fin de ciclo y la fragmentación.

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