El peronismo en el laberinto

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Una vez más el peronismo orilla un punto de inflexión. La creciente fragmentación política y las sucesivas derrotas ante una oferta electoral claramente conservadora y neoliberal, urge a repensar diagnósticos y horizontes para revertir lo que para algunos, a mediano plazo, ya es un desenlace irreversible.

Hace pocos días, como parte de los numerosos artículos dedicados a analizar la victoria de Cambiemos en las elecciones de medio término así como los actuales laberintos del peronismo, Pablo Semán publicó “Hegemonía y hegemoína” (revista Anfibia). Ahí, al momento de tratar la figura del “conductor” sugirió que el partido político, los programas de ideas y la democracia interna son elementos pertinentes para repensar el liderazgo y la incidencia de las decisiones colectivas en la forma de hacer política. Una proposición que probablemente sería banal si no aludiera a la Argentina, el peronismo y el contexto de 2017. Más allá del mayor o menor número de personas que pensemos de modo similar y que esto vaya a contramano de cierta cultura política, el planteo tuvo la virtud de mencionar un eje para pensar la fragmentación peronista e imaginar itinerarios en su laberinto: el partido.

¿El partido?

Inspirado por el 18 Brumario de Karl Marx, el sociólogo Charles Wright Mills escribió que todos los individuos son libres de “hacer” la historia, pero que unos lo son más que otros.

Esto es así porque dicha libertad requiere acceder a los medios donde se toman las decisiones y se ejerce el poder. No es casual que Wright Mills hablara de ello en el capítulo titulado “Política” de su genial y clásico libro La imaginación sociológica. Los partidos políticos, entre otras organizaciones y estructuras, operan como vaso comunicante entre la sociedad civil y la esfera pública; como espacios de participación, movilización y contienda.

También es cierto que toda organización que no se actualiza, renueva y piensa críticamente, está condenada a desaparecer o en el mejor de los casos a reducirse a una expresión nostálgica: la fotografía de un tiempo que pasó. Los partidos no son la excepción. Ahí quedaron un tendal de partidos que en su momento ejercieron cuotas variables de poder, desde el hegemónico Partido Autonomista Nacional, pasando por los más segmentales partidos Demócrata Progresista y el Conservador, hasta varias de las organizaciones de la izquierda y la socialdemocracia de inspiración europea. La proliferación y extinción de partidos en los últimos casi cuarenta años de democracia, apoyan esta idea.

El Partido Justicialista (PJ), en tanto herramienta electoral de un movimiento heterogéneo, masivo y polifacético como el peronismo, pareció nacer y existir para alimentar esta casuística. No fue así, al menos hasta ahora. 

Miles de páginas se han escrito en Argentina y América Latina sobre la formación, el funcionamiento y la crisis de los partidos políticos. No es para menos. Cualquier observador diría que salvo escasas excepciones, los partidos viven en tensión y conflicto con los propósitos y las expectativas que a priori y en teoría podrían y deberían atribuírseles. Cuando sus dirigentes antepusieron intereses personales a los colectivos –algo frecuente- esta crisis se agudizó.

Al menos desde el giro neoliberal de la década de 1990 en América Latina, muchas voces han achacado los principales problemas de las democracias a los partidos: por derecha, por centro y por izquierda; intelectuales, periodistas, dirigentes sociales y políticos, empresarios y referentes del más variado origen. No vamos a describir aquí los factores aludidos para sostener estos juicios. Lo cierto es que la deslegitimación de los partidos trascendió a los funestos resultados del giro neoliberal y persiste bajo otros medios y formas. Los propios dirigentes de los partidos contribuyen en eso con sus comportamientos erráticos y por momentos simplemente oportunistas.

La construcción de la victoria y la derrota

El frentismo fue un rasgo clásico de la fuerza política más importante en Argentina desde mediados del siglo XX: el peronismo. Desde su génesis, fue el eje de la práctica política. Con el PJ como herramienta electoral y eje articulador de acuerdos y alianzas, diferentes y sucesivos frentes electorales aglutinaron a heterogéneas expresiones políticas que, las más de las veces, ganaron elecciones democráticas y gobernaron el país, las provincias y los municipios. Desde la coalición que llevó a Juan Perón al gobierno en 1946, formada por el Partido Laborista –expresión política del movimiento obrero-, la Junta Renovadora –sección de la Unión Cívica Radical- y el Partido Independiente –escindido del conservadurismo-, el frentismo ha sido muestra de la capacidad de generar consensos desde el peronismo. Le siguieron numerosas experiencias posteriores a lo largo de décadas, hasta la más reciente -aunque ya extinta-: el Frente para la Victoria (FpV). Todas ellas, de modo diferente, expresaron momentos sociales y políticos de la identidad política peronista.

Una parte significativa de la dirigencia justicialista de la provincia de Buenos Aires eludió las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) de 2017 y suscitó la crisis más reciente del PJ, en el distrito más populoso del país. Así, a la escisión protagonizada por el Frente Renovador (FR) en 2013 se sumó la de Unidad Ciudadana (UC), creada ad hoc para encarnar la ruptura en el justicialismo. En consecuencia el PJ se presentó casi en solitario a las elecciones, de no ser por el acompañamiento del Movimiento Evita en muchas ciudades, pueblos y barrios de la provincia. De hecho, si no hubiera sido por el Frente Justicialista Cumplir que llevó a Florencio Randazzo como candidato a senador nacional, por primera vez el partido de Perón hubiera quedado fuera de una elección provincial; todo un oxímoron –obviando, claro, cuando el partido fue proscrito por diferentes dictaduras de segunda mitad de siglo XX-.

Obturar la posibilidad de elegir a los candidatos mediante las urnas, a través del mecanismo que el propio FpV había creado -las PASO-, acabó de desarbolar al peronismo. Parábolas de la política. Esa es una de las razones que explican la cómoda victoria de la alianza oficialista Cambiemos en un contexto de ajuste y recesión económica. Cualquier análisis razonable de las elecciones legislativas de 2017 muestra cómo el voto identificado con el peronismo optó por UC, FR, PJ e incluso Cambiemos.

Una fragmentación peronista que fue y es el sueño de más de uno y que habilitó no sólo que una alianza conservadora llegara por primera vez al gobierno nacional mediante el voto -sin travestismo- en 2015, sino que ampliara su dominio electoral como no lo hacía otra fuerza desde 1985.

A su vez y no es un dato menor, al menos hasta ahora no existe ninguna otra fuerza que a nivel nacional haya desplazado al peronismo como alternativa de Cambiemos. Algunos han hablado del surgimiento de una nueva “izquierda popular” en referencia a UC, pero aún es más bien una expresión de deseo. Circunscrita a ciertas áreas de la provincia de Buenos Aires y echando mano de la estructura del PJ, como no fagocite a éste a nivel provincial y nacional su horizonte recuerda más bien al del Frente País Solidario (FrePaSo).

El partido como institución

Probablemente, un cambio de tenor positivo para la democracia argentina en general sea recuperar a los partidos políticos como espacios de participación y movilización en virtud de los conflictos, las demandas y tensiones que atraviesan a la sociedad. Así, por ejemplo, lo hizo el trotskismo y ha visto reconocido su perseverante trabajo con un lento aunque sólido crecimiento electoral –acaba de hacer la mejor elección de su historia en la provincia de Buenos Aires-. Lo mismo puede decirse del partido Propuesta Republicana (PRO) que no sólo ha construido y monopolizado la oferta electoral para el conservadurismo neoliberal sino que progresivamente ha ampliado su base de apoyo a las capas medias y populares. Hegemonía le decía Antonio Gramsci. En efecto, el PRO lidera la alianza Cambiemos al frente del gobierno nacional, la ciudad autónoma y la provincia de Buenos Aires -y también acaba de hacer la mejor elección de su breve historia-. Es más, el PRO reflotó a una Unión Cívica Radical que languidecía y se deshilachaba desde el desastre que presidió entre 1999 y 2001. Este tenaz y cotidiano trabajo orgánico -sistemático- no se ha dado del mismo modo en el PJ. Primó el optimismo no siempre fundado, la creencia que los votos se tenían debajo del colchón antes de haberse introducido en las urnas y hasta la ruptura promovida desde el propio seno dirigencial. En consecuencia, al menos en los días que corren, la crisis de partidos es un problema de pocos.

     ¿A quién le habla el peronismo y qué le propone?

El PJ nació hace más de 70 años como herramienta electoral e instrumento de participación y representación del heterogéneo mundo de trabajadores y de pequeños y medianos productores y empresarios. Su clave radicó en la conciliación del trabajo y el capital, axioma vituperado por la izquierda de inspiración europea y por la derecha liberal-conservadora, pero que a día de hoy continúa siendo el rasgo más distintivo del tan mentado y deseado Estado de Bienestar. Tener en claro este aspecto de la historia más y menos reciente del peronismo es un buen punto de partida para repensar la existencia del partido, reformular sus propuestas, proponer nuevas agendas y antes que nada, para que aquellos sectores sociales se sientan convocados nuevamente. Esto no es menor, se trata en definitiva de reencontrar un sujeto al cual interpelar.

Foto: Fernando Sturla/Télam

¿Peronismo vs. partido?

Desde sus orígenes el PJ fue un instrumento para representar en cada turno electoral al heterogéneo mosaico social –muchas veces con intereses en tensión- del mundo peronista. El artefacto coyuntural de un movimiento político que tiene vida propia en centenares de organizaciones sociales, sindicales y estudiantiles que lo desbordan y trascienden ampliamente. El peronismo es mucho más que una expresión partidaria; es una verdad de Perogrullo. También es cierto, no obstante, que sin una expresión partidaria sólida queda a merced de la disolución y la fragmentación. Sobre todo visto el desempeño electoral de 2013 a esta parte.

Decíamos hace unos días algo que nos remite al párrafo inicial: la fragmentación está ligada a la multiplicación de liderazgos acotados, haciendo aún más urgente el diseño y puesta en marcha de una forma política que sobreviva a la fortuna de las conducciones personales. Si un rasgo del peronismo es haber operado como red de relaciones, intereses y compromisos, un desafío crucial es saber cómo activar y poner en movimiento esa red; algo que dista de hacerse mediante un único eje. A pesar de que resulte algo exótico para los tiempos que corren en Argentina, esto no significa una conducción débil. Muchas experiencias señalan que esto puede conseguirse a partir de instituciones, partidos y organizaciones fuertes y consolidadas. No sólo los movimientos sociales son claro ejemplo de esto; también el partido político que ha sabido leer e interpretar a una parte muy significativa de la sociedad argentina: el PRO. El partido, los programas y la siempre delicada combinación de democracia/disciplina interna no obturan el poder y la potencia de los proyectos. Al contrario. Valen como ejemplo los principales partidos de izquierda, centro y derecha de las democracias de América Latina, Norteamérica y Europa. La lista es larga.

Si se quiere construir unidad, no ayuda desarbolar y levantar a gusto & piacere nuevos partidos al ritmo de las pugnas electorales y los intereses de los dirigentes. A pesar de la conducta errática e incluso desafortunada de algunos de estos últimos, es difícil imaginar una forma política más idónea que el partido para revertir la creciente fragmentación electoral. A su vez, no descubrimos nada si recordamos que para que exista frentismo primero tiene que haber partidos.

Los proyectos políticos persisten y se actualizan ahí donde existen organizaciones consolidadas, aceitadas y -en el mejor de los casos- con grados aceptables de democracia interna.

El peronismo se encuentra quizás ante su desafío más decisivo en términos de reproducción socio-política. Las urgencias territoriales, a su vez, siempre dificultan parar la pelota. No es antojadizo recordar que hay sectores políticos y económicos que cruzan los dedos para que el desenlace sea funesto: que la capacidad política y cultural del peronismo se diluya y sucumbe ante los errores de sus dirigentes. Se han vivido contextos muy similares y lo han vaticinado en innumerables ocasiones. Que eso no suceda dependerá en parte de reconstruir el partido como espacio de articulación de intereses territoriales, formación de cuadros, discusión de ideas, diseño de programas y construcción de líderes. Esto es, como una plataforma de participación, movilización y representación; un espacio que conserve y fortalezca sus vasos comunicantes con sindicatos, movimientos sociales y organizaciones profesionales pero que conserve, renueve y mejore sus estructuras, procesos y mecanismos de funcionamiento. El desafío es mayúsculo, a la estatura de la adversidad de la coyuntura.

Wright Mills también escribió que aquel que no “hace” la historia acaba siendo objeto de quienes sí la hacen. No es una observación menor.

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