¿Qué hacer después de octubre? Agenda, consensos y liderazgo desde el llano

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La construcción de una mayoría política con eje en el peronismo requiere la generación de consensos en torno a una agenda social, política y económica con foco en los problemas estructurales del país. Para conducir un nuevo ciclo de transformaciones el peronismo, una vez más, debe renovarse y reconstruirse.

Un interrogante que sobrevoló algunas de las reflexiones sobre la política doméstica -al menos desde comienzos de este año electoral de 2017- fue ¿qué hacer después de los comicios legislativos de octubre? Incluso, esta pregunta atravesó por momentos las discusiones y los escasos debates formulados desde los sectores políticos dirigentes. A pesar de la superficialidad con que se abordó su respuesta –la más de las veces ceñida a la aritmética electoral de los distritos más poblados de la provincia de Buenos Aires- la cuestión no es menor. Al contrario. Subyace a las expectativas, estrategias y horizontes de los sectores políticos que consideran que la Argentina debe cambiar el rumbo. Acá se sugieren algunas ideas para pensar esta pregunta.

En primer término, el ¿qué hacer? requiere tratar la mentada construcción de una nueva mayoría política.

A pesar de que la más de las veces no se enuncie -y más aún, dada la obviedad del problema- este asunto es clave. Durante doce años el Frente para la Victoria (FpV) encarnó un proyecto político heterogéneo, con apoyo principal aunque decreciente en el peronismo, que desde el gobierno del Estado nacional y de la mayoría de provincias y municipios llevó adelante hondas y valiosas transformaciones sociales, económicas y políticas. No es este el momento de revisar los numerosos aciertos y significativos errores del FpV. Sí, en cambio, poner el foco en su rauda y profunda desarticulación tras ser vencido en las urnas por otra alianza de construcción similar aunque de signo político diferente: Cambiemos.

¿En qué clivajes y coordenadas anclar la elaboración de nuevos consensos? ¿Qué agenda política, social y económica convoca a la multiplicidad de expresiones que consideran que hay que modificar el rumbo del país?

Al respecto quizás sea idóneo volver a lo esencial: administrar y/o solventar las demandas, tensiones y conflictos que atraviesan a la sociedad argentina en sus diferentes sectores, grupos y clases. Al menos en principio. Sin el modelo más básico y elemental de país, difícilmente imaginemos espacios y formas de construcción socio-política de largo plazo. No hay soluciones inmediatas al trabajo, la vivienda, la salud ni la educación. Estos problemas requieren de diagnósticos adecuados, propuestas innovadoras y sobre todo, acuerdos y compromisos estables entre los diferentes actores. Tras casi cuatro décadas de democracia aún no hemos alcanzado el consenso suficiente con respecto a las cuestiones más esenciales de un modelo de país y de la calidad de vida de sus ciudadanos.

En segunda instancia, el ¿qué hacer? conlleva pensar el lugar del peronismo.

La escisión en 2013 de legisladores y funcionarios de diferentes instancias del gobierno con la creación del Frente Renovador (FR), abrió una huella. Huella serpenteante, no exenta de patinazos, pero en términos generales sin vuelta atrás. Que una parte sustancial -por ejemplo de los diferentes elencos del equipo económico del FpV- adhiriera al FR, no suscitó autocrítica; algo que es sintomático aunque no exclusivo. Fue sólo el comienzo de la desarticulación del bloque político y social que había sustentado al FpV –y que hizo pensar a más de uno que los votos se tenían debajo del colchón, antes de haberse depositado en las urnas- e inauguró un ciclo, aún vigente, de fragmentación de la representación y el ejercicio del poder político. La omisión de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) para elegir a los candidatos presidenciales y legislativos, protagonizada por una parte significativa de la dirigencia del FpV en 2015 y 2017 –y la creación ad hoc de la alianza Unidad Ciudadana (UC)- agravó y consolidó esta diáspora. Es más, fracturó al Partido Justicialista (PJ) de la provincia de Buenos Aires. Todo por esquivar las PASO.

Desde mediados del siglo XX el peronismo ha protagonizado y conducido los procesos políticos más decisivos del país en términos materiales y simbólicos.

El peronismo fue a la vez identidad y cultura, un espacio heterogéneo, flexible y vital de práctica política y de construcción de poder; eco de la sociedad argentina. Eso ha implicado cambios y renovaciones de ideas, propuestas y líderes; coyunturas de reformulación que le habilitó conducir la construcción y reproducción de mayorías sociales y políticas al tiempo que, las más de las veces, ampliaba y daba forma a derechos. En este estado de la cuestión, parece indudable que el peronismo debe cambiar una vez más antes de protagonizar un nuevo ciclo de transformaciones. De otro modo, probablemente corra la misma suerte que otras identidades políticas nativas.

Esto nos lleva a un tercer aspecto: la forma y el tipo de liderazgo político en esta nueva coyuntura.

Del mismo modo que la brecha abierta por el FR en 2013 y la gestión gubernamental suscitaron escasas reflexiones, reformulaciones y menos aún autocríticas –aspecto que muchos han definido crucial aunque no exclusivo en la derrota de 2015-, lo sucedido cuando se volvió al llano agudizó esta actitud. La antojadiza creación de UC y la fractura del PJ son ilustradoras. Desde entonces no existen las condiciones para un liderazgo fuerte e indiscutido en el peronismo y menos aún de cara a una mayoría transversal y superadora, con vocación de proyección nacional. Sobra decir que esto también repercutió en la pobreza de la campaña electoral.

Huelga la obviedad, la fragmentación política mencionada está indisolublemente ligada a la multiplicación de liderazgos. Es el resultado de las reflexiones, los reacomodamientos y las reformulaciones de experiencias, horizontes y acuerdos. Una tarea pendiente al respecto –y que viene esbozándose en varias direcciones, más o menos tímidamente- es diseñar y poner en marcha una forma política que no sólo sobreviva a la fortuna de los liderazgos sino a su centralización. Si un rasgo característico del peronismo es haber operado como red, un desafío crucial es saber cómo activar y poner en movimiento esa red; algo que -ya puede decirse con mayor certeza- dista y mucho de hacerse real a través de un único eje. Que el PJ deje de ser sólo una herramienta electoral y se transforme en espacio de discusión, propuesta y formación, puede ayudar en eso. Aunque es sin dudas, uno de los caminos más largos y difíciles por andar.

En cuarto y último término, cabe problematizar el lugar de Buenos Aires.

En términos literales, como suerte de acto reflejo de gran parte de los sectores políticos dirigentes y la prensa de la ciudad de Buenos Aires y los distritos del conurbano, se ha emparentado lo que sucedía en este espacio con el resto del país. Incluso como una suerte de relación mimética o de causa-efecto. Esta actitud no sorprende. Es una disposición estructural de viejo asiento, una suerte de miopía. Algo que, sin embargo, no hay que darlo por natural ni menos aún efectivo. De hecho, explica la fragmentación del arco opositor y una cierta irreductibilidad de los caminos de resolución. Ni ahora ni nunca la política argentina se construyó unívoca y unilateralmente desde la metrópolis de Buenos Aires. Que sea algo deseado no implica que fuera real. Sectores políticos de otros puntos del Estado argentino tampoco han hecho mucho para cambiar esta situación. No es raro, empero, que tuvieran y tengan a día de hoy escasas motivaciones por hacerlo –más allá de lo vinculado a la siempre polémica administración más o menos federal de las finanzas, infraestructuras y seguridad públicas-.

Aun así, la construcción de una nueva mayoría política con eje en el peronismo requiere articular intereses a lo largo y ancho del país. Guste más o menos, no habrá un solo liderazgo si no muchos. A pesar de que extrañe a cierta mirada congelada en la historia política del siglo XX, esto no significa una conducción débil. En efecto, los campos de fuerza y las relaciones de poder vigentes a día de hoy a nivel global y local, requieren firmeza. Muchas experiencias señalan, aún así, que esto no se obtiene necesariamente a partir de liderazgos personales inapelables. Quizás al contrario. Más bien se logra a partir de instituciones, partidos y organizaciones fuertes, consolidadas. Los movimientos sociales son ejemplo y prueba de eso.

En definitiva, si se quiere construir una mayoría capaz de modificar el rumbo del país, la pregunta ¿qué hacer después de octubre? es difícil de eludir. Además, demuestra que los comicios de 2017 ameritaban un debate más amplio y profundo que el planteado por quienes apostaron a la polarización: UC y Cambiemos.

Esto nos lleva a dilemas poco novedosos; característicos y recurrentes en la historia argentina al menos desde que el sufragio universal es el mecanismo ineludible para el ejercicio legítimo del poder político estatal. Más numerosos son los aspectos que quedan todavía por identificar, explorar y analizar. Requieren imaginación y trabajo. Son ellos, sin embargo, los que permitirán reformular identidades políticas y generar consensos sociales; construir desde el peronismo una nueva alternativa de gobierno.

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