Renovación. Las palabras y las cosas

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Integramos una geografía subalterna que no quiere ser condenada a configurar eternamente los arrabales de una nueva civilización (Antonio Cafiero, 1985)

Hace 30 años la revista Unidos reflexionó y discutió el significado, los alcances y disyuntivas de eso que los propios protagonistas definieron como la Renovación, proyecto político surgido en plena lucha intestina del peronismo, en 1985. Una lectura desprevenida de aquellas páginas puede suscitar la errónea idea de que han sido escritas ayer mismo. Su vigencia, en algunos aspectos, es poderosa y sugerente. Al mismo tiempo, además, nos habla de la persistencia cultural y política de una identidad y de la cronicidad de sus dilemas.

La experiencia de la Renovación fue breve. La inesperada derrota del novel gobernador bonaerense Antonio Cafiero ante Carlos Saúl Menem, mandatario de La Rioja (provincia con menos del 2% de afiliados al justicialismo), en 1988, fue el principio del final. No obstante, la Renovación marcó un hito. Fue un proyecto inacabado, trunco, pero que propuso respuestas a muchos de los problemas del peronismo post-Perón; la mayoría de ellos aún vigentes.

¿Qué enseña aquel proceso político? ¿Qué significa el axioma renovador de cambiar para seguir siendo los mismos?

La Renovación post-Perón: derrota, auto-crítica y propuesta

El puntapié de la Renovación fue la derrota en las urnas de 1983. Con una participación electoral de 85,6%, la Unión Cívica Radical se impuso por 51,7% de los votos. La propuesta del peronismo había pasado de los 7.359.252 votos de 1973 (61,8%) a poco menos de seis millones (40,1%). El Partido Justicialista (PJ) fue vencido en la mayoría de provincias: Buenos Aires (donde lo hizo por medio millón de votos), Santa Fe, Córdoba, todas las provincias del Litoral y salvo una el total de las regiones cuyana y patagónica. El mapa electoral, tras la última dictadura cívico-militar, se había invertido.

Al año siguiente de la derrota de 1983 emergió en el peronismo una corriente autocrítica y especialmente contestataria con respecto al modo en que se realizó el Congreso del Teatro Odeón, donde los “mariscales de la derrota” (como fueron denominados) encolumnados tras Herminio Iglesias, pretendieron permanecer en sus posiciones al frente del justicialismo, apelando a métodos unilaterales, nula autocrítica y blandiendo el epíteto “traidor” a quien pensara diferente. Aquella corriente contestataria planteó algunos ejes clave: elecciones internas, legalidad estatutaria y voto directo de los afiliados. En ausencia del liderazgo de Juan Perón y tras una cruenta dictadura cívico-militar, los renovadores consideraron que era urgente recuperar y/o establecer métodos de democracia interna en las estructuras del PJ.

Ese fue el origen de la Renovación Peronista, cuyo hito fundacional fue el Congreso de Río Hondo, en el verano de 1985.

El documento “La Renovación Peronista: Un proyecto y una voluntad para transformar a la Argentina. 1984-1987” de Cafiero puede ser considerado el puntapié inicial de la Renovación. Es un manifiesto político, algo inusual en las décadas posteriores. Además de insistir en los principios generales e insoslayables de la identidad peronista tales como la justicia social, un modelo económico con eje en la industria y la redistribución así como las tradiciones políticas federales y populares, el manifiesto introdujo un diagnóstico claro: la ausencia del liderazgo de Perón ameritaba

[…] la transición hacia formas organizativas e institucionales nuevas. Esto constituía un tremendo desafío y una gran responsabilidad. Por un lado, evitar la disgregación del que fuera el más grande movimiento de masas de América Latina; por otro, neutralizar las visiones deformadoras que traicionan la naturaleza revolucionaria del peronismo […] Este es el primer atributo de la Renovación: ratificar la vocación por la construcción autónoma de la Nación y generar en el marco de la democracia los cambios que la sociedad en su conjunto continúa reclamando

En función de eso, de seguido, planteó la necesidad no sólo de revolucionar las formas de hacer política en el peronismo, sino también recuperar su vocación de construcción de poder en función de resolver las demandas, tensiones y conflictos de la sociedad. La autocrítica, en este proceso, era ineludible.

Tan hipócrita es pretender jugar con la amnesia colectiva como que los peronistas eludamos nuestros errores pasados. La autocrítica es patrimonio de los movimientos transformadores, pero debe incluir el saldo positivo de la propia experiencia, sin ceder a las presiones de quienes no fueron precisamente los arcángeles o los custodios de la voluntad popular

El manifiesto exploró además con cierta astucia y argumentos sólidos, la tensión entre democracia e igualdad. Procuró, quizás, saldar así lo que algunos sectores de la sociedad consideraban una deuda del peronismo. La disposición y distribución del poder, mencionó el texto, tiene su correlato en el ejercicio de las libertades democráticas. Si esa distribución no existe o es cercenada, la libertad se transforma en una ficción. No basta administrar un modelo económico y social injusto o llanamente indiferente a los sectores populares. La democracia debe ir de la mano de la justicia social.

Volver al manifiesto “La Renovación Peronista: Un proyecto y una voluntad para transformar a la Argentina. 1984-1987” hoy sería propio de vanguardia.

Renovación y Partido

La revista Unidos, cuya vida fue no casualmente de 1983 a 1991, constituyó una usina de ideas y debates en torno a la política, la cultura y la economía, desde una identidad peronista. Su existencia estuvo íntimamente emparentada a la Renovación. En efecto, uno de sus ejes temáticos fue la recomposición y recuperación del peronismo como opción electoral ante una fuerza -el alfonsinismo- que al frente del gobierno nacional y de su provincia más importante, se afirmaba en el centro político “como sentido común mayoritario” y con capacidad de situar a sus adversarios -envueltos en una interna caníbal- “en el lugar de lo inviable” (Carlos Chacho Álvarez dixit). Cualquier parecido con la actualidad, podría no ser una mera coincidencia. De hecho, desde las páginas de Unidos se identificó la principal cualidad del radicalismo post-dictadura: encarnar “una propuesta global para toda la nación, de modo de cubrir el vacío” (Conrado Eggers Lan dixit); algo que el peronismo no había hecho. Subyacía, entre otros factores, una lectura errónea de los nuevos tiempos.

Otro eje temático de Unidos –y vinculado a lo anterior- fue el sistema democrático de partidos. Al respecto, la Renovación se planteaba como garantía de estabilidad democrática y pluralista; un peronismo capaz de dialogar y estar abierto a los múltiples aportes del pensamiento de entonces. En efecto, se habló de “pacto democrático” (Hugo Chumbita dixit) entre el peronismo y el radicalismo; algo que a la luz del convulso contexto post-dictadura era más que pertinente. Para ello era vital generar formas superadoras de concebir y hacer política; propuestas que hoy suenan quiméricas.

Aquí es donde entra otro eje temático de entonces: el propio Partido. Renovar significaba poner al día el peronismo y volver a motivar a la sociedad de cara a un nuevo ciclo de transformaciones, abriendo y manteniendo canales de participación activa en la toma de decisiones. Para eso, la Renovación recuperó el modelo institucional de partido –algo repetido por Cafiero hasta el hartazgo- y sus articulaciones sociales. El reto consistía en “hacer del peronismo un Partido” (Carlos Chacho Álvarez dixit); un partido de masas con respecto al cual amplios sectores sociales recuperaran sentido de pertenencia orgánica más allá de los momentos y las coyunturas electorales. Esto es, que el PJ se constituyera en espacio de participación donde tomar decisiones sobre la organización y el funcionamiento de la vida social. Constituir, en definitiva, una voluntad colectiva. Una definición claramente tributaria –de modo tácito, aunque no explícito- de los enfoques gramscianos y weberianos que alimentaban cierto giro socialdemócrata. Algunos llevaron esta concepción al paroxismo, quizás como estrategia de debate político, planteando que:

El amorfo movimiento peronista […] cede paso a la organización del partido justicialista, cuya democratización interna favorece la autocrítica y el trazado de líneas ideológicas más inteligibles. Según esto, entonces, la posibilidad de triunfo para el peronismo en futuras lides electorales depende de la capacidad de los dirigentes renovadores de sepultar definitivamente en el pasado los gestos carismáticos y las incitaciones a movimientos puramente instintivos”. (Conrado Eggers Lan)

Esto se vinculaba a otro aspecto: el diagnóstico. El PJ debía tener una nueva lectura del poder, los actores sociales y las relaciones políticas, institucionales, económicas y culturales; en definitiva de una sociedad que ya no se recortaba nítida ni fijamente en bloques antitéticos “pueblo-antipueblo” o “nacionales-antinacionales”. Al contrario, debía poner el foco en una solución al “problema social, que es la concertación entre el Estado, los empresarios y sindicatos” (Hugo Chumbita dixit).

En definitiva se trataba de poner en juego la capacidad de entrelazar las identidades y tradiciones políticas, sociales y culturales del peronismo, con las urgencias de un contexto que avecinaba crítico. Como había escrito el propio Cafiero:

Renovar quiere decir volver a una cosa en su primer estado […] volver al momento en que el peronismo era creativo, imaginativo, cuando hacía la revolución todos los días […] poner al día todo aquello que nos caracterizó como movimiento

¿Renovación 2.0?

La sucesión de derrotas electorales del peronismo ante una oferta claramente conservadora y neoliberal ha suscitado una catarata de heterogéneas iniciativas que en alguna medida, aunque de forma despareja, se hace eco de una necesidad de cambiar. El arco es amplio y diverso. Desde los que creen que basta con un cambio de superficie, ceñido a lo estético y al remplazo de un puñado de representantes -aquí la autocrítica fue nula y se persistió en huir hacia adelante, a sabiendas de que muchos se descolgarían por la cola del tren, formando incluso un partido ad hoc para evitar internas- hasta los que se atrincheraron legítimamente, aunque en clara relación adversa de fuerzas, en la ineludible y urgente tarea de pensar los errores cometidos, renovar las propuestas y la conducción del peronismo –aquí la iniciativa se vio encorsetada por la polarización electoral-; pasando finalmente por los que apostando primero al mantenimiento del status quo, una nueva e incluso quizás inesperada derrota en la provincia de Buenos Aires en octubre de 2017 hizo convencer que con un cambio de maquillaje no bastaba.

Hasta el momento, poco más. Todo parece indicar que el peronismo seguirá pateando hacia un futuro incierto el debate que a todas luces se debe, ante un oficialismo fortalecido en las urnas e incluso en la calle –ese “sentido común” del que hablaban los renovadores-. Ni las bizarras Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias de agosto de 2017, ni las internas del PJ bonaerense de diciembre fueron aprovechadas para eso. En efecto, todo indica que prevalecerán nuevamente las componendas de escritorio, las fugas hacia adelante e incluso el sálvese quien pueda: la fragmentación que la alianza oficialista espera y fomenta. Que la Renovación sea más que una “palabra-talismán” (Horacio González dixit) puede contribuir, sin dudas, a modificar ese horizonte que para varios ya es ineludible. Es verdad de Perogrullo. Solucionar todo aquello que, como bien sintetizó su manifiesto iniciático, la Renovación de la década de 1980 no pudo.

La Renovación Peronista debe ser transparencia en los procedimientos, propuesta explícita y consensual, terminando con la política de las trastiendas y demostrando la capacidad para instalar la política allí donde el pueblo pueda enriquecerla con su participación y creatividad. Hemos combatido las prácticas autoritarias, las visiones deformantes y a los dirigentes mediocres

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