Santiago, una lucha entre el amor, la justicia y el olvido

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Lo más terrible se aprende enseguida

Y lo hermoso nos cuesta la vida

Silvio Rodríguez (Canción del elegido)

Ser diferente en las ideas y en la forma de vivir en una ciudad-pueblo, como lo es Veinticinco de Mayo, tiene sus consecuencias. La más directa es la indiferencia, la otra el juicio ligero y la peor es el olvido. Las conciencias perezosas de los obesos del espíritu, suelen conformarse con una mentira para vivir sin demasiadas culpas. Un engaño permitido, basado en un egoísmo pequeño-burgués y también en el triste egoísmo de los desclasados. Esos que viven defendiendo intereses que los sumen en la ignominia de una vida oscura de ignorancia. Quizás el odio esté basado en la ignorancia y en ese raro apuro de opinar acerca de cualquier tema sin mediar en razones para sostener las palabras. Muchos, en estos últimos meses, han sufrido los brutales embates de las opiniones desmedidas, crueles e innecesarias. Santiago y todo su núcleo familiar y algunos de sus amigos, los que suelen vestir diferente y no acostumbran tener las mismas costumbres de la mayoría, han sido las víctimas directas del juicio popular alentado por cierto periodismo mercenario.

Quienes viven en ciudades más grandes que esta, quizás puedan respirar más aliviados los aires de la diversidad, aquí siempre brotan tufos indeseables que postergan y frustran a muchos. La opinión del extraño, de ese ajeno que cruza por la calle, pareciera ser muy importante para algunos y de a poco olvidan el gustito lindo de ser más o menos feliz. Santiago supo pasarse bien por las bolas todos los prejuicios. Él sabiamente decidió vivir a su manera, que no fue simple, pero fue bella y tuvo bien merecidos todos sus costos, incluso aquel que lo ha catapultado al ámbito internacional y a la muerte. Para muchos, el “loquito” que andaba en bici o en skate, que se vestía con ropas gastadas, pero que siempre andaba limpio. Para otros, una víctima de la oscuridad de un gobierno fascista, brutal y homicida. Es más que claro que prefiero la segunda definición, aunque es demasiado pequeña. Según mi juicio, su virtud más relevante en el marco de su desaparición y su asesinato, han sido sus cojones. Él eligió estar ahí, decidió quedarse parado, aguantando junto a un número muy flaco de mapuches una represión brutal. Eso es lo que lo hace enorme y eso es lo que muchos, que por acá se dicen anarquistas, zurditos de salón y comunistas frustrados no le pueden perdonar. No se pueden perdonar su propia incapacidad de ser un poco más parecido a él, un poco menos egoístas.

Quedan muchos troncos de árboles con su retrato pegado con engrudo, sus murales testigos silenciosos que corroboran que alguna vez existió. Las líneas de sus dibujos, siempre ondulantes, como lo fue su vida, los colores, los gnomos, los arboles de formas misteriosas, sus mensajes indescifrables para muchos, casi para todos. Sus intentos de dejar algo más. También queda el silencio, el silencio de nuestros políticos, por los cuales no se puede apostar, no se debe confiar. Todo parece ir lentamente camino a la bancarrota del olvido, como sus murales en la vía pública.  También nos quedan recuerdos raros para un pueblo chico, como las marchas todos los viernes alrededor de la plaza central, grupos de personas unidas al grito de “vivo lo llevaron, vivo lo queremos”, “yo sabía, yo sabía que a Santiago lo llevó gendarmería” y del “ahora, ahora, resulta indispensable, aparición con vida y castigo a los culpables”. Muchos se solidarizaron al principio cuando estaba desaparecido, luego de que lo hallaran en medio de un marco sumamente extraño de circunstancias y que el informe de autopsia anunciara que murió por ahogamiento coadyuvado por hipotermia, se olvidaron de seguir reclamando verdad y justicia.

Como comentario útil, quiero recordar un caso de homicidio ocurrido en el año 2002: Ezequiel Demonty murió ahogado en el Riachuelo cuando la policía a punta de pistola lo obligó a cruzarlo nadando. Él a los gritos de “no sé nadar”, fue chupado por las aguas.

Quedan casi como un mal sueño del que no me puedo despejar aún, como una bruma pesada que oculta los colores del día, algunos recuerdos que parecen salidos de otro sueño, de algún viejo sueño de libertad. Cosas impensadas para nuestra ciudad, como impensado el final y también el comienzo de esta historia que nos habla de alguien y de un propósito. Ese alguien y ese propósito en un punto se fusionan y son una misma cosa: el ser y la libertad. La visita de Nora Cortiñas y de Adolfo Pérez Esquivel fue algo también provocado por ese joven que de niño andaba en patineta por las mismas veredas que años después su madre pisara con pies temblorosos apretando su fotografía contra el pecho. Muy fuerte fue ver ese temblor, ese dolor, esas lágrimas que me golpean todavía, sin ser culpable de nada todo esto. Un dolor que por razones que no hacen falta explicar, lo hice mío y lo llevaré por siempre cada vez que los recuerdos me lleven por estos sitios de la memoria.

El gobierno local, poco y nada ha hecho, pero en el fondo está bien así; él no lo hubiera aceptado. Y menos de un gobierno que prometía ser algo que no está a la altura de lograr. Resabio de las últimas y más impuras destilaciones del cristinismo. Plagado de nepotismo y de amigos con sueldos jugosos y poca gestión en lo político y en lo social. Siguiendo a rajatabla los mandatos de María Eugenia Vidal y con obras financiadas con la deuda extraordinaria que la pagarán nuestros nietos. Todos proyectos de la derecha, pavimento, cámaras de vigilancia, alumbrado led y otra fuerza de represión más como lo es la policía local. Con una ausencia notable de ideologías y una lectura totalmente errada de la realidad. Con la mayoría de los empleados del Estado local en condiciones precarias y con sueldos muy por debajo de la línea de pobreza. Razón por la cual no sólo es lógico que poco y nada hayan hecho, sino que está bien que no lo hayan hecho. Salvo aquello que es liviano y fácilmente aceptable y que no pone a nadie en una condición desventajosa. Esas tristes y miserables acciones políticamente correctas, pero que facilitan la foto en el momento oportuno, abrazando el dolor de otros con los ojos fijos en la cámara y la ropa recién planchada.

Hablar de Santiago Maldonado es ser injusto desde el comienzo, a él le gustaba que lo llamaran el “Brujo”, yo lo conocí como el “Lechuga”. Nunca supe muy bien el porqué de ese apodo, pero me caía cómodo para nombrarlo y hasta ahora lo sigo haciendo así. Me enteré que estaba pensando cambiarse el apodo dentro de un tiempo, que bien puede ser este extraño presente; le atraía la idea de llamarse “Trueno”. Definirlo a él no es para nada una tarea sencilla, ya que no pertenecía a ningún tipo humano claramente delineado por las ideas y la espiritualidad. Una especie de un solo ejemplar que parece haberse extinguido. Amante de una libertad llena de compromisos y obligaciones, algo muy contrario a la idea de tantos que creen que la libertad es hacer con impunidad. Respetuoso de toda forma de vida, sabía que nada ni nadie tenía dueños y que la peor de las esclavitudes era someterse a los mandatos de un sistema plagado de inequidades, que moldea seres humanos alejados de la crítica más trascendente, la de cómo vivir. Era un tipo que no se detenía demasiado en detalles superfluos y hacía hincapié en cosas que para la mayoría pasaban desapercibidas. Lo cual parece ser una contradicción, cuando lo realmente contradictorio, según él, era la forma de vivir de una humanidad desganada que lucha por ideales implantados, carente de todo deseo que nace de algo propio. Un anarquista antiguo, un viejo caminante de la libertad, la igualdad y la fraternidad, vestido con las carnes y los huesos de un cuerpo joven, tatuado y de rastas, un humano con el Cosmos en sus nervios. Muchos se visten a la moda de la rebeldía, él no se vestía a la moda, era un rebelde. Enseñaba que la rebeldía está en “no dejar que te arrebaten tus sueños de niño, se libre como los pájaros volando”, que ser rebelde es no perder la sensibilidad ni la empatía, buscar el camino en el laberinto, romper las paredes si es necesario. Amante de la poesía, de la mitología de todos los pueblos, de Severino Di Giovanni, de Errico Malatesta, de esos sueños libertarios que no tienen sitio en los corazones que no han aprendido el compromiso del amor. Cierta vez un amigo de Santiago estaba molesto porque quería fumar un porro y no tenía o no podía conseguir, entonces él, el Lechuga, sacó de su mochila un libro y le dijo “vení, droguémonos con poesía”. Así era, así es. Sin decir que no, enseñaba su punto de vista.

Era vegano, no comía nada de origen animal. Sus verduras, sus semillas, sus frutos, sus hierbas medicinales, todo el aroma y el color concentrado en su sangre. Su sangre, puedo afirmarlo sin lugar a dudas, libre del peso de cualquier crimen. Una persona que vivió conscientemente hasta el final, cuidando de no hacer nada que estuviera fuera de sus convicciones. Ya que eso es la libertad, vivir y dejar vivir. No es algo complejo, es más bien básico. Nacemos imbuidos en una sociedad de ideales individualistas, en donde sólo el que llega primero es el que vale, en donde lo único que importa es ser exitoso, la belleza es un arma y los años son enemigos, donde los niños son un problema y los viejos una carga. Una sociedad materialista que se consume a la velocidad de los incendios forestales más despiadados.

Muchas veces se me hace presente la idea de Diógenes el Cínico, buscando en medio del día repleto de luz, con una lámpara encendida entre la muchedumbre algo indefinido, por aquí y por allá, llamando la atención. Casi con la desesperación de un ardor que nace desde los huesos, revolviendo en el bullicio en busca de un Humano, de una Persona, en busca de Alguien que Sea verdaderamente. Diógenes, quizás el más burlado, el más hambriento, el golpeado, Diógenes, el único que es recordado de entre tanta chusma burlona y brutal. El único que sobrevive en medio de tanta muerte. Ahora creo verlos, de hecho mientras escribo esto los estoy viendo caminar delante de mi mirada, los veo alejándose, de espaldas, a Diógenes con una capa raída, descalzo y algo torcido, caminar junto a un joven que aún chorrea agua de sus borceguíes, en busca de alguien más. En busca de todos nosotros.

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