¿Por qué todos juegan mal?

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La foto que encabeza esta nota, en la que pude verse festejando a distintas facciones de la oposición, ha logrado generar cierta fugaz esperanza de una articulación frente al gobierno de Cambiemos. En los próximos párrafos argumentaremos que ello es ilusorio, lo cual podría haber sido advertido a simple vista ante la improbabilidad palmaria de algún tipo de asociación que exceda lo coyuntural, ya no en los otrora pertenecientes a un mismo espacio (Moyano/Kicillof, de Mendiguren/Rossi), sino entre el joven dirigente trotskista Nicolás del Caño y el dirigente peronista Felipe Solá.

La foto fue tomada en ocasión del primer intento de reemplazar la fórmula de actualización de diversas prestaciones de la seguridad social y refleja el festejo ante su fracaso. Pocos días después, no obstante, la nueva fórmula fue finalmente votada. Aunque menos lesiva que la inicialmente propuesta por el poder ejecutivo –que postulaba el congelamiento ad eternum de su valor real atándola exclusivamente al incremento de precios al consumidor- implicará, según todos los cálculos existentes, un traspaso a otras áreas del estado de un flujo significativo de ingresos de la ANSES con la consiguiente reducción de incrementos futuros en las prestaciones. La nueva ley posee otras aristas que es largo tratar aquí, por lo que solo mencionaremos la introducción de una diferenciación entre los haberes de jubilados con más de 30 años de aportes al momento de su jubilación y aquellos que los completaron mediante algún tipo de moratoria, que a nuestro juicio responde menos a una lógica financiera que al tipo de consideraciones morales y ético-políticas que configuran el núcleo ideológico del espacio político gobernante.

Frente a ello, la coincidencia de diferentes espacios políticos en el rechazo, aun cuando este no logró reunir las voluntades necesarias, ha sido visto como una buena noticia, reflejada en el propio recinto y en la “tribuna” de las redes sociales en ovaciones a algunos de los aliados/adversarios. A modo de ejemplo, puede mencionarse la súbita simpatía por la diputada Graciela Camaño expresada por sectores cercanos al kirchnerismo. La tentación de imaginar la construcción de un espacio opositor coordinado, indefectiblemente articulado alrededor de alguna variante del amplio campo peronista, cuyo peso cualitativo y cuantitativo no precisa demasiadas explicaciones, es fuerte.

Si la razonabilidad aritmética de dicha construcción parece evidente, lo es más aún en los dos años transcurridos desde la asunción del gobierno de Cambiemos cuando todo parece haber marchado en el sentido opuesto. No ha habido señales que indiquen una reducción de las asperezas que enfrentan a facciones que expresan el campo peronista y, por el contrario, el sector con mayor representación parlamentaria se ha ido fracturando sucesivamente antes, durante y después de las elecciones legislativas de este año. Ello ha sido atribuido por unos y otros a limitaciones de la dirigencia de ese espacio, a la venalidad de los que variaron su lealtad –que en política democrática solo una mente afiebrada podría asemejar a una suerte de juramento caballeresco a un señor o señora coyuntural- entre otras explicaciones que no tiene caso repasar aquí. Intentaremos en cambio proponer una lógica que explique por qué, desde el punto de vista de algunos observadores, todos juegan mal.

Con todos los peros y matices que puedan corresponder haremos una observación: en la Argentina democrática ninguna oposición ha logrado ganar elecciones presidenciales. Puede parecer una sentencia aventurada cuando es evidente que el período democrático de nuestro país se caracteriza por la alternancia de coaliciones político-sociales a razón de, aproximadamente, una diferente por década. Diremos, insistiendo en que se nos permita la generalidad del planteo privilegiando la percepción de una tendencia por sobre el rigor –y quizás más cerca en consecuencia del tipo de apreciaciones que podrían hacer los actores políticos reales-, que los cambios en el poder ejecutivo nacional se explican menos por el ascenso de fuerzas opositoras que por el declive de los oficialismos: son los oficialismos nacionales los que pierden, no la oposición la que los supera. Para que ello no se convierta en un simple juego de palabras –dos maneras de decir lo mismo- debemos puntualizar los modos mediante los cuales son los oficialismos los que pierden y no las oposiciones las que ganan. Creemos que se trata de dos tipos de tropiezos -a veces simultáneos- de diferente lesividad social pero similar efecto político: la fractura interna y el fracaso en administrar las tensiones económicas.

Una crisis económica y social de magnitud terminó con la derrota del partido de Raúl Alfonsín, cuyo apoyo a su propio candidato quizás no fuera de todos modos fervoroso. Luego de una reelección exitosa, el peronismo menemista fracturado en su capítulo bonaerense fue derrotado por una coalición que también incluía una fracción de origen peronista. El corto período de la Alianza fue alcanzado rápidamente por una fractura interna pero, fundamentalmente, fue arrasado por la imposibilidad de manejar los aspectos básicos de la economía. El fin del largo período de la coalición encabezada por el peronismo que comenzó con Eduardo Duhalde y culminó con Cristina Kirchner está inextricablemente ligado, a nuestro juicio, a sucesivas escisiones de facciones políticas y aliados institucionales (fundamental pero no exclusivamente las organizaciones gremiales) hasta verse reducida la coalición gobernante a su expresión más acotada, lo que la llevó a presentarse a las elecciones de 2015 exponiendo frente a los potenciales electores sus fracturas internas de manera ostensible.

Lo que nos interesa marcar es que los actores de la oposición actúan como si lo esperable fuese que la posibilidad de reemplazar electoralmente al poder ejecutivo efectivamente dependiera más de él mismo que de sus propias acciones. La construcción de una alternativa opositora amplia y competitiva posee tanto las ventajas –futuras, lejanas- propias del acceso al poder como una serie de desventajas presentes y palpables. Se ha abundado mucho en las desventajas que implica para quienes en sus roles opositores suman responsabilidades de gobierno en un sistema con ejecutivo fuerte, donde los presupuestos subnacionales dependen en proporciones variables, pero siempre relevantes, de decisiones discrecionales. Con consecuencias inmediatas menos visibles, la conformación de un espacio común también implica necesariamente una pérdida de visibilidad para dirigentes e incluso fuerzas políticas. Quizás más relevante, supone la resignación de reclamos y propuestas y por ello de la representación que esos reclamos/propuestas contienen. Si redujéramos a un listado de afirmaciones el combo de representación a que aspiran y poseen las fuerzas políticas opositoras encontraríamos rápidamente incompatibilidades irresolubles, cuyo abandono será condición necesaria para cualquier articulación imaginable, de modo que una propuesta en base a mínimos comunes sea viable. Ese abandono implicaría costos difíciles de compensar en el plazo en que el rol opositor tenga continuidad.

De ser cierto que los oficialismos nacionales no son derrotados en Argentina, sino como resultado de sus propias acciones o el efecto de una economía siempre inestable: ¿Cómo cabría entonces esperar que actúen los espacios opositores? Atomizándose y procurando sostener a su alrededor la mayor cantidad de voluntades posibles, disputándolas más hacia sus laterales –las otras fuerzas no oficialistas- que a su frente –el gobierno nacional-. Las enervantes y constantes acusaciones hacia otros sectores enfrentados al macrismo que vemos en la totalidad del campo opositor, la ruptura provocada y buscada por la primera minoría del peronismo bonaerense -y sus tácticas de aislamiento y expulsión de disidencias-, entre otras cosas que observamos a diario, tienen su lógica imbatible en la necesidad de permanecer una vez abandonadas las perspectivas de un triunfo.

No fue sustancialmente diferente el campo opositor al gobierno anterior. Basta recordar a la diputada Carrió y el lugar que ocupó en su discurso el presidente Macri durante décadas, adicionando a la crítica política los insultos y agresiones personales características de su estilo. Pero, a la zaga de cierto agotamiento de la experiencia anterior, expresado en la fractura del FPV y sus disputas internas cada vez más públicas, quienes no habían sido previamente arrasados por el ciclo kirchnerista, arrojados a los márgenes opositores o deglutidos por el FPV, vieron en el opositor con más posibilidades (que podría haber sido otro apenas un año antes) la ocasión de abandonar parte de sus posicionamientos y subsumirlos a un armado opositor potencialmente triunfante. Hasta tanto ello suceda en el ciclo iniciado hace dos años –y cualquier predicción al respecto sería aventurada- es de esperar que el estado actual de atomización se perpetúe. Cuando alguno de los dos tropiezos mencionados tenga lugar, y por el bien de todos esperamos que no sea en su versión de debacle económica, las diferencias hoy irresolubles, o parte de ellas, perderán relevancia aceleradamente. Mientras tanto, solo nos resta desear que la competencia interopositora no abra heridas difíciles de cerrar cuando sea necesario hacerlo para retornar a la administración del gobierno de la nación.

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