¿Unidos Venceremos?

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Muchos en el peronismo planifican estrategias electorales, buscan seducir o hacer puentes, rastrean pistas que den lugar a una unión. Porque unidos venceremos, o eso solía decirse. Porque para un peronista no existe nada mejor que otro peronista. Porque todo peronista tiene que ser “anti-macrista” por sobre todas las cosas. Y escarban en la simbología y los mitos del peronismo buscando acomodar nuevos estandartes, nuevas palabras, nuevas actitudes. Y hoy, hay tantos peronismos… El peronismo perdió, una, dos y tres veces. Y hoy, dividido, todas son preguntas.

Crónica de una división anunciada

Lo que está claro es que, si un movimiento político no muta a lo largo del tiempo, languidece, pierde fuerza de movilización y tracción. El kirchnerismo, en este sentido, le volvió a dar al peronismo esa energía vital que había sido erosionada por las políticas de Carlos Menem y la desilusión de gran parte de su militancia. El kirchnerismo puso la palabra política nuevamente en el eje de la discusión. Después de muchos años, incorporaba romance en la política, volvía a enamorar. Nuevos actores políticos y sociales se vieron atraídos al peronismo, viejos militantes volvieron a la esfera del partido. El kirchnerismo traccionó con el mito del peronismo en la sociedad argentina post 2001. Si bien conservó, a lo largo del tiempo, parte de esa energía vital, en algún punto la transformó en algo paralelo al peronismo y al Partido Justicialista. Ni mejor ni peor, paralelo. En algún punto, la militancia más allegada al kirchnerismo y muchos dirigentes del círculo íntimo de Cristina Kirchner, dejaron de creer en el Partido Justicialista como lugar de debate político. El debate, los recursos, los representantes, todo tenía más sentido dentro del espacio de una nueva institución que crecía en el peronismo kirchnerista, La Cámpora. ¿Y el resto del peronismo? Aún aquellos que supieron ganar su lugar a pulso, desde la militancia de base del peronismo, como Carlos Selva por ejemplo, intendente de Mercedes (provincia de Buenos Aires), tuvieron que enfrentar el filtro. El caso de Mercedes, al que nos gustaría poder dedicarle mucho más tiempo, es paradigmático del poder hegemónico que ejerce La Cámpora hacia dentro del peronismo en el poder. El Gobierno, a través de La Cámpora, construyó una intendencia paralela, utilizando a la ANSES para puentear la representación de Selva y transferir recursos bajo su propio criterio. Pertenecer fue una clave de supervivencia. El caso de Mercedes fue el de una innumerable cantidad de dependencias del Estado. El kirchnerismo abarcó y controló cada segmento de poder y recursos, extendiendo la fuerza de su militancia e instituciones, como la citada Cámpora. El peronismo, durante los últimos tiempos, fue algo paralelo que debió consensuar con La Cámpora y con el núcleo duro K.

Las tensiones generadas terminaron con la ruptura del Partido Justicialista (PJ) en sus diferentes identidades o realidades. Quiebres que comienzan en 2013 y continúan hasta la elección legislativa de 2017, donde se da la última gran ruptura del proceso: la creación de Unidad Ciudadana (UC). Este partido no fue más que la cristalización de esas instituciones previas que se desarrollaron en paralelo al peronismo y que, a través del monopolio de recursos, hegemonizaron la política dentro del peronismo hasta 2015.  UC no representó solamente la creación de un nuevo partido sino la sustitución del peronismo como fuente ideológica base, como punto gravitatorio. Un intento refundacional emancipatorio del peronismo. La cristalización de ese algo orgánico, con nombre propio, representó más homogéneamente todo aquello que escocía dentro del peronismo hasta 2015.

Como tratamos de rastrear, las fuerzas políticas que llevan a la implosión del peronismo no son pequeñas diferencias de forma sino comportamientos estancos más o menos institucionalizados. El origen de las rupturas, como hemos tratado de seguir, se debe más a consecuencias de la propia expansión del kirchnerismo, simbólica y organizacional, y a cómo éste ha operado dentro del movimiento político. Con esto nos referimos a cómo ha canalizado los recursos en el poder para generar un nuevo mito superador del peronismo.

De La Pedrera a Gualeguaychú, Catamarca no queda en el medio

La elección del 2017 marco un punto de inflexión importante para el peronismo. Fue la primera elección que perdió Cristina Kirchner encabezando una lista y, además a nivel nacional, el PJ perdió como no lo hacía desde la década del 80. UC, el Frente Renovador (FR) y el PJ no convencieron al electorado y terminaron repartiéndose lugares secundarios en gran parte del país. Cambiemos volvió a hacerse un festín con la polarización y falta de consensos en el justicialismo.

Los pobres resultados de las elecciones de 2017 ayudaron a ablandar posiciones y a que los diferentes espacios comiencen a consensuar estrategias en común. Esto dio lugar a distintos intentos de construcción como fueron los de San Luis (La Pedrera), Gualeguaychú y el espacio de la UMET que tuvo su última cita en Catamarca. Por un lado, parece que los resultados de las elecciones hayan operado como bisagra en la reconstrucción del espacio político representado por el peronismo. Por otro lado, la inercia de los comportamientos institucionalizados durante el gobierno anterior y las diferentes lecturas de la realidad hasta 2015, parecen haber generado dos espacios difícilmente reconciliables antes de 2019. La Pedrera, como espacio representativo del peronismo kirchnerista no parece tener demasiados vasos comunicantes a nivel político con Gualeguaychú.

Hay dos lecturas que yo recupero inevitables sobre el gobierno anterior y que implican mucho más que lo que parecen. Una lectura atraviesa críticamente muchas facetas del gobierno de Cristina Kirchner, desde problemas con la transparencia, la construcción política o sobre cómo se miró y enfrentó la pobreza en los últimos años. Esa lectura se amasa desde Gualeguaychú y trata de explicar los fracasos electorales desde las fallas de la propia fuerza política, trata de no tirar la pelota afuera y hacerse cargo de muchas cosas que le tiran en cara al peronismo. Gualeguaychú es el primer intento de construcción política entre un peronismo federal, apoyados por los gobernadores, Florencio Randazzo y Sergio Massa con el FR. Otra lectura hace hincapié en que los fracasos son el resultado de la manipulación de los medios sobre la opinión pública, de las divisiones internas del peronismo por no seguir los liderazgos mayoritarios y de fallas en la comunicación de los programas electorales.  Esa mirada parte de La Pedrera y nuclea a UC y algunas pequeñas fuerzas políticas satélites. Un tercer intento de construcción política ha sido el espacio de la UMET, a través de las mesas debate sobre los temas de actualidad política y social. En este evento hubo representantes de UC, PJ, Movimiento Evita y el FR, entre otros. Se podría entender como una convergencia de Gualeguaychú y San Luis, pero quienes hayan asistido a cualquiera de las charlas habrá podido observar que los debates han discurrido con las mismas diferencias que han llevado a que esta división tome un aire institucionalizado. Catamarca fue el último de estos eventos y varios representantes se promulgaron a favor de crear una gran interna peronista.

¿Un solo candidato será siempre más fuerte para el peronismo? ¿Los que se han decantado por votar a Randazzo, Massa o Juan Manuel Urtubey votarían a Cristina Kirchner, a Axel Kiciloff o Agustín Rossi? ¿Aun cuando unos son sumamente críticos con lo hecho hasta 2015 y los otros creen que hay que deshacer las barbaridades que hizo Macri y volver a los planes de 2015? Todo son preguntas ante propuestas tan disimiles y electorados complejos con baja fidelidad partidaria.

Del rejunte de candidatos a la necesidad de formulación de un proyecto integrador

Creer que la unión hace a la fuerza es confiar en que los votos pertenecen a los candidatos y no a la construcción política consensuada o a la voluntad de transformación de las propuestas de gobierno. Hoy el peronismo está dividido porque hace mucho tiempo que no debate internamente respetando las pluralidades de los diferentes espacios. Muchos terminaron, en su momento, siendo asimilados por la exitosa maquinaria electoral del kirchnerismo en vez de preservar su identidad y capacidad de crítica. La falta de construcción política a través de la búsqueda de consensos reales puede llevar a una fuerza a morir de éxito. La voluntad popular cosechada en las elecciones hasta 2013 podría haber permitido discutir los grandes temas de nuestro país, como la distribución de la tierra, la política poblacional, la inserción productiva en un mundo globalizado y los temas de fondo necesarios para plantear soluciones sostenibles a la pobreza estructural creciente. Un peronismo federal, respetuoso de la pluralidad, tendría en agenda el problema de fondo de la tierra y la pobreza estructural; un peronismo borracho de éxito solo termina comparando la pobreza argentina con la alemana.

La fuerza no está en el rejunte de candidatos, la fuerza es el reconocimiento de las necesidades del pueblo y las propuestas serias y responsables de gobierno, consensuadas con criterio en un espacio con objetivos en común. Da igual si Cristina Kirchner termina uniendo fuerzas con Massa, Randazzo o Urtubey. Si la lectura es que hasta 2015 medir la pobreza era parte de una estigmatización, una fantasía de los grandes medios, si la distribución de la tierra no se discute; si la transparencia no es parte intrínseca de un programa de gobierno, si no se puede diferenciar a la Federación Agraria de la Sociedad Rural, aunque el peronismo tuviera opción de ganar en 2019, ¿cómo podría plantear soluciones reales sin esa lectura crítica de los problemas del país? Para transformar el país se necesita mucho más que un peronismo unido, se necesita un proyecto integrador que nuclee a todas las fuerzas políticas que puedan poner el eje en la justicia social (entienda como la entienda cada espacio) y para eso se necesita mucha auto-crítica, consenso e ideas nuevas y originales.

Argentina ha vivido en tensión permanente desde la última dictadura militar entre intentos de construcción política centrados en el mercado interno a intentos de seguir recetas liberales o neoliberales centradas en el mercado como asignador de recursos. Ambas han fallado, generado crisis monetarias enormes, reproducido y ensanchado la pobreza, etc. Esa tensión terminó siendo una trampa sobre la que los diferentes proyectos políticos han ido bandeándose cíclicamente sin resultados. Aunque éste sea un tema mucho más complejo para debatir, superar esta tensión supone un reto hacia la creación de consensos que va mucho más allá de rejuntar candidatos. Destrabar esa tensión implica cambios estructurales en el país, cambios que no se consiguen fácilmente y menos entre fuerzas políticas que no consiguen ni respetarse mutuamente.

Los consensos y la unión, dado todo lo que hemos comentado, parecen sin duda la opción menos plausible para un escenario en 2019. Pero dado el nivel de división, ya completamente institucionalizado, que vive el peronismo, tampoco resulta una novedad. Y si vamos un poco más allá, especulando sobre una unión posible entre estos sectores que apenas pueden hablarse, ¿podrá ese electorado -que se divide entre diferentes peronismos- aceptar realmente esa unión o reeditará el escenario de 2015 castigando a un peronismo unido que no representa ni a unos ni a otros?

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